domingo, 18 de agosto de 2013

A propósito de un chiste de Siri Liniers

Necesito a los cazafantamas
para que se lleven los fantasmas de lo que ya no ocurrió...

:)

domingo, 11 de agosto de 2013

Siento, luego insisto.

¿Y dónde estoy yo?
¿Dónde me quedé? Parece que llevo años desaparecida de mi misma
y a ratos me extraño.

Hace siglos que no escribo poesía,
que no me descalzo por placer,
que no formo un ladrillo de adobe,
que no pongo una semilla en tierra,
que no me río mientras miro a alguien de reojo,
que no bailo hasta pedir piedad,
que no descuadro la mirada mía, ni de nadie,
que no abro los ojos desmedidamente.

A veces, en sueños, veo los bordes de mi isla
entonces dejo de sistematizarlo todo
y sólo lloro.

viernes, 26 de julio de 2013

Reflexión suelta en la madrugada...


A veces, cuando un grupo de personas ven, por ejemplo, un cuadro, como los que pintaba el hombre de Oceanormar, a veces, un@ de ellos o ellas, exclama algo así como "Sublime..."

Yo creo que cuando eso pasa, efectivamente pasa algo sublime. Alguien está viendo algo que para los demás es invisible. Alguien tiene despierto algo que para los demás está dormido, y eso es maravilloso, porque si alguien es capaz de percibir esa luz que los demás no ven, tarde o temprano, el resto tbn lo hará.
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martes, 25 de octubre de 2011

El Cobrador del Sur



El Cobrador del Sur: Llega EL COBRADOR DEL SUR, la pesadilla de las multinacionales.

Les presento a mi nuevo héroe

viernes, 21 de octubre de 2011

no surprise


No me sorprendes
ni un poco.
Estuve despierta toda la noche
para prevenir con la debida antelación
tu ausencia en mis sueños.
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miércoles, 19 de octubre de 2011

La Mosca

    Hace mucho, mucho tiempo, en este mismo blog, escribí sobre una elegantísima avispa que vi tratando de subir por la ventana de una guagua. Como entonces (y como ahora; las cosas no han cambiado tanto) me sentía una especie de Luisma cósmica, intuí que había un mensaje para mi en la aventura de aquella avispa que resbala por el vidrio una y otra vez, en su camino a la ventana abierta antes de desparecer por ella, mensaje que aunque intuí, no terminé de entender sino mucho tiempo más tarde.

    Hace unos día la volví a encontrar, más corriente, más torpe, menos acinturada, haciendo el mismo recorrido, perdida, con un traje ordinario y poco agraciado, de mosca. Esta vez llevaba las de perder: la ventana de la guagua estaba cerrada. Aun así la mosca hacía uno que otro intento. Me quedé mirándola, más perdida que la avispa, sus intentos eran un poco más erráticos, pero subía y aquello de volver a sentirme una Luisma cósmica (qué cosas tan pequeñas pueden hacernos tomar consciencia de nuestra abismal ignorancia, no?) no ayudaba mucho. Al fin la guagua detuvo su ruta y abrió sus puertas (yo recordaba a una paloma que en 1993 cruzó a pie con la muchedumbre en hora pick por la calle más central y transitada de Santiago de Chile, caminando, como una peatona cualquiera) pero la mosca ni caso (por eso me acordé de la paloma) y entonces, no sé si hice bien o mal, pero abrí la ventana.
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sábado, 16 de julio de 2011

FELISA

No, si lo mejor de todo era ir a la casa de mi bisabuela. La casa de Felisa tenía algo mágico, aunque pasados más de 30 años aun no pueda precisar en qué radicaba, donde estaba el punto neurálgico de aquel lugar inolvidable: Si en la belleza inconmensurable de su rostro a los 87 años, si en lo rubio de su “tomate”que contrastaba con el plata del resto de su cabello, si en aquél patio techado y con suficiente luz para las plantas y los canarios, si se trataba de los canarios, esos pajarillos tan diminutos que tenía la tía Irma y que además cantaban de buen ánimo, con un sonido tan lúdico y gracioso. O si el aroma de aquellas flores, que no llegaban ni a rojo ni a rosa, o en la diversidad de los colores de sus pétalos, que mi abuelo me había mostrado muy niña, y que eran un verdadero regalo en medio de una ciudad situada en pleno desierto. No tengo claro si la magia residía en aquél carrito de bebés con muñeca incluida, todo un pack de los años 50 ó 60 que llegaban a mis manos por obra y gracia de ella, mi bisabuela. Tal vez no era el pack en sí mismo, sino la posibilidad de pasear con él por la casa, jugando a ser una señora que se perdía en medio de la ciudad y que le preguntaba a Felisa cómo llegar a destino, mientras ella me miraba divertida seguir con el carrito de bebés mientras imitaba el ruido de un microbús.



A veces, en todo caso quito de en medio todas estas posibilidades, porque me inclino a creer que el punto era aquél artilugio fabuloso: La mecedora, la mecedora blanca, de madera, con los cojines color beige y estampados de cañitas, que a mis 5, 6 y 7 años fueron la delicia de mis visitas a aquella casa de la calle Luis Mancilla. Felisa lo sabía, siempre lo supo, por eso a veces se cambiaba a la mecedora de Carlos Moberg, un hombre de más de 70 años que conservaba su gran estatura y aspecto rubicundo y macizo de hijo de ingleses que, por causas que jamás sabré, había conquistado el científico corazón de mi tía Guille que, a su vez, era sólo un poco menor que mi abuelo, que al ser el hijo mayor de Felisa, me había regalado al nacer, la incalculable fortuna de ser su bisnieta.


De la mano de Felisa aprendí los secretos del crochet, cuando ella tenía 92 años bien cumplidos y yo 12: he allí una de las herencias más preciadas de mi vida.


Ir a la casa de mi bisabuela siguió siendo lo mejor hasta mis 18, ocasión en que me tomé la primera y última foto junto a ella, que acababa de cumplir los 100, y sigo estado segura que, en ese preciso instante, era la mujer más hermosa que mi ciudad natal había albergado a lo largo de su historia.
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