domingo, 17 de enero de 2016

Entendiendo los Deciles ( o el problema de las familias bipersonales y jóvenes solos)

La cosa es sencilla: La gratuidad ha seguido el criterio correcto; empezar por las familias más vulnerables, aquellas que desde luego no están en condiciones de pagar una carrera cuya mensualidad asciende usualmente a más de doscientos mil pesos. Entonces, ¿Por qué tanto reclamo? 

Miremos la figura que nos envía el Mineduc para hablarnos de su muy equitativo sistema, en un país donde al menos el 20% de los hogares es monoparental liderado por una mujer. La clásica figura que vemos más de una vez: Madre sola con un hijo a cargo. 

En la ilustración del Ministerio aparece un hogar con ingresos de $700.000. El hogar está compuesto por papá, mamá y tres hijos (entendamos que las mujeres con hijos en edad de estudiar, tienen un máximo de dos hijos promedio, de acuerdo al último censo). Supongamos que, viviendo en una ciudad con el repugnante nivel de especulación inmobiliaria que tiene Ovalle, esta familia paga un arriendo de $250.000 (en caso de que no tengan casa propia) y por tanto les queda $450.000 para vivir. 

Sigamos suponiendo que en agua y luz gastan $35.000 más y que en supermercado y feria $150.000. Si no tienen sus hijos en colegios de pago, aún quedan $270.000 para vestuario, locomoción y salud digna (sin tener que ir a las 6:30 am a ser parte de la gente de “escasos recursos” tratada como rebaño en los CESFAM porque pedir una hora es una quimera), además de medicamentos básicos y quizás hasta para ir al cine o comer fuera de vez en cuando. Pero sobre todo: Aún apretándose el cinturón al menos uno de esos hijos podría ir a estudiar a la universidad accediendo a Educación superior gratuita, de tal manera que la familia concentrará sus esfuerzos, de manera previsiblemente aceptable, en que ese hijo tenga un lugar donde vivir, se alimente, se vista y adquiera los materiales necesarios para sacar su carrera adelante.

Ahora imaginemos el caso de miles de mujeres en este país: Madre sola que gana $300.000/mes (o menos) y vive en una ciudad como Ovalle, con el mismo nivel de especulación inmobiliaria. Con $300.000/mes y un arriendo de $200.000, el saldo para servicios básicos, supermercado, locomoción, vestuario, salud para dos personas es de $100.000. Si obtiene una pensión de alimentos “generosa” de un promedio de $100.000, con la que pagar un preuniversitario que ayude a su hijo a tener un buen puntaje de PSU, ya está fuera de deciles. 

Sin embargo, si no lo estuviera la cosa sería ver, pagando un arriendo de $200.000, cómo hará con los $200.000 restantes y un pago de alojamiento para un estudiante fuera de la ciudad, de mínimo 80 mil; la pregunta sería ¿Cómo se distribuyen los cuantiosos $120.000 que quedan en alimentación para su hijo (nadie se alimenta exclusivamente de beca Junaeb), transporte de ambos, materiales para sus estudios, servicios básicos de la casa materna, alimentación para ella (la mala costumbre que tenemos las roteques de comer todos los días, oiga), algo de ropa para él, medicamentos si alguien enferma? 

A casi todas nosotras nos hizo una gran ilusión la gratuidad universitaria. Y a todas nosotras nos gustaría tener un sueldito que nos permitiera garantizar que nuestros hijos tuvieran las condiciones mínimas de tranquilidad en su estancia fuera de su ciudad, pero entonces subiríamos de decil y seríamos “demasiado solventes”. Quiero decir con esto que el espíritu de la gratuidad es perfecto. Que el criterio de partir por los más vulnerables es lo soñado, lo correcto, lo justo; pero el sistema de medición de tal vulnerablidad es perverso y atenta contra la idea de manera dramática. No queda más que confiar que se corrija, aunque el registro Social de Hogares no ayude a ello en nada, pero eso ya es harina de otra opinión.

domingo, 3 de mayo de 2015

Colectivos en Ovalle y lecciones de sentido común.

Era bastante tarde. Me quedé entre cervecitas y poemas y discusiones con un par de amigas en El Quijote. Terminada la “Chela poética” un evento literario muy entretenido, mis amigas me fueron a dejar al paradero y ¡Milagro! Encontré colectivo a la Bicentenario. Ya lo “ubicaba”. Un colectivero con mal gusto musical, que suele invadir a los pasajeros a punta de misógino reggaetón, pero yendo a Vista Bella se siente una vulnerada y desarmada para pedir cosas como que bajen el volumen o cambien una música francamente ofensiva. Ir a la Vista Bella es hoy por hoy, casi mendigar por llegar allí, esperar un sujeto con “buena voluntad”, sin que nadie se responsabilice de ello.

Sucede que sólo tenía $10.000. No había más en mi billetera. Asumiendo que pasado la medianoche los colectivos tienen cambio, no me preocupé. El sujeto que conducía me dijo que no tenía vuelto. Yo me disculpé, diciéndole que asumía que por la hora no habría problema con el billete. El tipo aceleró bastante por Benavente y me dejó frente a la Botillería Julín “Aquí la dejo para que cambie”. Pensé que me dejaría cambiar para pagarle y me esperaría un minuto. Ni por un segundo se me pasó por la cabeza que ocurriría lo que ocurrió. El tipo arrancó a una velocidad de carrera y me dejó sola, a las 2:30 de la madrugada. Una actuación llena de sentido común y solidaridad digna de la que suele lucir el país para la Teletón. No tardé más de 30 segundos en cambiar y no dejo de pensar que no habría retrasado a ese “señor” más de ese tiempo. Hasta los borrachitos aglutinados a la puerta de la Botillería se condolieron más por mi que un sujeto que se supone que estaba “en pleno uso de sus facultades”.

Me devolví caminando por Benavente, sin atreverme a llamar un taxi para no quedarme allí esperando y prolongando mi situación de inseguridad. Cuando ya casi llegaba a Tocopilla, me encontré con un egresado del sistema penal de Ovalle con el que trabajé cuando me desempeñaba en el CDP, ejecutando el proyecto de prevención de Reincidencia Delictual. Omitiré su nombre porque no hay nada que quiera menos que perjudicarlo. Había rehecho su vida, le estaba yendo bien, esperaba que le entregaran una pizza o algo así. Sin tardanza se ofreció a traerme y me trajo a casa. Por supuesto no me cobró un peso. Conversamos sobre su actual trabajo y el mío, nos comentamos “las noticias” de casi 13 años. Sus modos no habían cambiado: Siempre cordial, respetuoso, solidario, correcto.

Toda una lección.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Basta ya de Basta ya

Basta ya de Basta ya. Hoy es el Día Internacional contra la Violencia de Género*, a la fecha, llevamos 50 muertas en este país a manos de sus parejas. Y como siempre no faltarán las que griten “Basta ya”, se cuelguen letreros que digan “Basta de violencia machista” o “Basta de Violencia contra las mujeres” como si la Violencia fuera un fenómeno ajeno a todo lo que la produce. Así es que he decidido darles una noticia: No podemos pretender erradicar la Violencia de Género sin entender que vivimos en una sociedad misógina. ¿No? ¿Fantaseo? Pues miremos a México: 43 estudiantes desaparecidos están provocando una revolución. Todos estamos de acuerdo en solidarizar con ello, yo también. Pero a nadie parece importarle que en Ciudad Juárez van 1800 desaparecidas/muertas por las que nadie ha parecido levantar un dedo (exceptuando sus familias) y por las que, desde luego, jamás se atacó a una gobernación, ni se detuvo a ningún alcalde, ni se generó una alarma internacional, ni de la décima parte de las proporciones que ha generado ésta.

Vivimos en un país en que la palabra “madre” fuera del 10 de mayo, es un insulto futbolero. Un insulto que significa inutilidad, carencia de fuerza, de habilidad, de resolución. En las radios se sigue escuchando reaggeton, la música predilecta de quienes ven a la mujer como un cacho de carne o canciones que directamente hacen apología de la violencia y hasta del feminicidio. Hay padres que aún insultan a sus hijos cuando lloran llamándolos “niñita”. Como dice una e-card que circula por internet, vivimos aun en un país en que la mujer que se niega a acostarse con un tipo se arriesga a que la traten de cartucha o lesbiana (porque en este país lesbiana es todavía es un insulto), si se acuesta con el sujeto es fácil, si usa condón es puta, si se embaraza es idiota y si aborta es satanás.

Cuando hablamos de violencia de género solemos pensar en golpes y en feminicidio. Pero olvidamos todos los “preparativos” que las mujeres vivimos a lo largo de nuestra vida que permiten que lleguemos allí. Porque violencia también es que yo me suba a un colectivo y me encuentre con un tipo que escucha y nos obliga a todos a escuchar alegremente “Chúpamela” o “mamita, te voy a dar tu lechecita”. Violencia es que, desde los 10 años seamos un objeto a los que los hombres pueden “premiar” por la calle si cumplimos "nuestro objetivo" de serles agradables a la vista. Olvidamos que nos han dicho hasta el cansancio que las señoritas no gritan, no se defienden, no arañan, no levantan la mano, no dicen garabatos, no piensan en sí mismas, etc. (ya nos entrenan con Cenicienta y afines para ello); nos olvidamos que cada 10 minutos estamos siendo bombardeadas con el mandatos de ser bellas. Un mandato durísimo, violentísmo, que tiene a muchas mujeres sumidas en depresiones, anorexias, o en serios baches económicos. Todo ello es violencia de género. Violencia preparatoria para la violencia. Violencia no sancionada, no examinada, no visibilizada: Violencia naturalizada y validada.

Esa es la violencia que tenemos que erradicar tanto como la de las estadísticas. La primera. Y los medios tienen mucho que hacer y decir al respecto. Yo propongo que empecemos por ahí. Que empecemos por entender que la violencia no empieza con el primer puño masculino que impacta en la cara de una mujer. Ni termina con el funeral. Empieza con la falta de cuestionamiento de nuestras costumbres y finalizará cuando decidamos poner fin a nuestra ignorancia, a la creencia que no tenemos nada que ver con ello y que es sólo un tema para habar el 25 de noviembre y de pasadita el 8 de marzo. Yo propongo que empecemos por ahí y dejemos de una puñetera vez de decir “Basta ya”.

martes, 28 de octubre de 2014

La Central o Hartita de estar hartita.

De pura culpa me puse a leer Ovallehoy. Todo porque cuando llamé a Angelo para preguntarle qué pasaría finalmente con lo que fue La Central, lo primero que me dijo fue “se nota que no lees Ovallehoy” y me dio cosa. Así de ridícula puedo llegar a ser. Lo que pasa es que Angelo desconoce en qué estado queda mi colon cada vez que me entero de que postulamos a convertirnos en Calama, San Felipe o cualquier otra cosa que no deje rastro de lo que somos o lo que fuimos o lo que hemos sido. Y la verdad no estoy por la autotortura. Recibí alegre la noticia del reventón inmobiliario, a tiempo para que Chile no viva lo que está viviendo España ahora mismo, con un nivel de cesantía terrorífico y una cantidad de niños bajo la linea de la pobreza más terrorífica aun, niños que desmayan en sus colegios por hambre (sí, eso mismo), gente buscando en los contenedores de la basura restos de comida (nada tan nuevo por estos lares), abuelos, adultos y niños y niñas durmiendo en la calle, gente que trabajó toda su vida, en fin. Nada importante para quien, sabiendo lo que hace, propicia estas burbujas económicas y renta con ellas alegremente. Fue por la misma noticia del reventón que me sorprendió que se fuera a demoler toda aquella casona, que tiene una segunda planta aun en uso.


Por mi parte me doy. Al menos por ahora. No han pasado muchos días desde que bajé con un colectivero que estaba feliz de los nuevos armatostes y que pensaba que había que deshacerse de todo lo que nos recordara nuestra historia, por si venían los ocupa a hacer centros culturales donde "se fuma, se toma y se mete bulla". Estoy hartita de estar hartita y de que gente que estimaba se ría de mi en mi nariz, contándome casos de supuesta corrupción urbanística como si fueran chistes para reírse de mi cara descompuesta.

Eso, entre otras harturas, que no detallaré porque como ya anuncié, estoy hatita de estar hartita.

viernes, 2 de mayo de 2014

Trabajador y trabajadora. No es lo mismo.

En fin, que la cosa es que se me pasó el 1 de mayo y no dije ná. Y quería.

Porque como dice la caricatura, el 1 de mayo es el día del Trabajo y el resto de los días es de los explotadores:

Los de las grandes empresas y las muy micro, que creen que cuanto menos paguen o menos trabajadores contraten para más tareas, crecerán más. Para el explotador público, que contrata con honorarios para no pagar vacaciones, ni seguros de cesantía, ni las previsones de rigor con las que un día quien trabaja pueda asegurarse una pensión de miseria para regocijo de las AFP y su gentuza. Para el explotador público, que gusta aparecer en la prensa como super héroe de la justicia y el trabajo justo, pero contrata a honorarios y sin embargo exige horarios y horas a la semana, muchas veces irrespetando enfermedades, necesidad anual de descanso y necesidad de administrar la vida propia.

Ayer (o antes de ayer, o el jueves) fue el Día del Trabajo. Yo quería saludar a las trabajadoras de este país, a las de la doble jornada, las que llegan de trabajar a trabajar. Del trabajo productivo al reproductivo. De las labores del horario, los o las jefas, los informes, los arqueos, los depachos, las melgas, lo que sea, a la loza, las ollas, la comida, las tareas de los niños, la ropa sucia y la ropa limpia, el orden, los platos. Y las que, peor, por retorcidas creencias históricas, hacen todo eso y más mientras su trabajador, se tira en la cama a ver televisión, esperando a que la cena esté lista, creyendo que eso las hace más buenas, mejores mujeres y más dignas de los homenajes anuales del día de la madre. Hubiese querido enviar un abrazo a las trabajadoras que hacen lo mismo que ellos y ganan un 15% menos, a las que les preguntan su estado civil y la edad de sus hijos en la entrevista de trabajo, las que tienen menos posibilidades de ser ascendidas por su maternidad, para eso están ellos que tienen más tiempo libre, a las que descueran por la espalda cuando consiguen un mejor puesto, siempre con insinuaciones referidas a su vida sexual. Hubiese querido pedir que me publicaran un artículo y enviar en él un abrazo a las que se evalúa, no sólo por su rendimiento en el "competitivo mundo" de los negocios, de la educación, del retail, de lo que se nos cruce; sino tbn por lo bien o mal que pueda lucir el escote, por el largo y ancho de sus piernas, por sus kilos, por lo agradable que puedan, o no, ser a la vista de los señores; a las que se evalúa también por la habilidad que han tenido para esconder canas y líneas de expresión. Y a las que no tienen estos agregados y tienen la vida laboral de sus equivalentes masculinos, lo que no significa que quede nada por hacer.

Es que, en realidad, no es lo mismo ser trabajador que trabajadora. Todavía pasa que hay trabajadoras que no siempre reciben un salario por su trabajo, que muchas veces pasa con creces las 12 horas diarias. Las trabajadoras muchas veces dependen de un "empleador" que no solo no les paga, sino tantas veces las vulnera, las abusa, y luego, obtiene la complicidad de muchas voces cuando decide poner fin al contrato y reclama su indemnización.

domingo, 18 de agosto de 2013

A propósito de un chiste de Siri Liniers

Necesito a los cazafantamas
para que se lleven los fantasmas de lo que ya no ocurrió...

:)

domingo, 11 de agosto de 2013

Siento, luego insisto.

¿Y dónde estoy yo?
¿Dónde me quedé? Parece que llevo años desaparecida de mi misma
y a ratos me extraño.

Hace siglos que no escribo poesía,
que no me descalzo por placer,
que no formo un ladrillo de adobe,
que no pongo una semilla en tierra,
que no me río mientras miro a alguien de reojo,
que no bailo hasta pedir piedad,
que no descuadro la mirada mía, ni de nadie,
que no abro los ojos desmedidamente.

A veces, en sueños, veo los bordes de mi isla
entonces dejo de sistematizarlo todo
y sólo lloro.